Cuando conocí el monasterio de Belorado llevaba años buscando un lugar donde vivir mi vocación como Esposa de Cristo siguiendo el espíritu de san Francisco y santa Clara. Siempre me ha atraído profundamente la espiritualidad franciscana, y encontré en aquella comunidad un hogar donde fui acogida con cariño.
Allí aprendí una forma de vivir la fe que unificaba toda la vida. Descubrí que la oración, el trabajo, la convivencia, el descanso o el sufrimiento podían ser una misma entrega a Dios, sin separar lo espiritual de lo cotidiano. Esa manera de vivir sigue siendo hoy el fundamento de mi vocación.
Con el paso del tiempo, muchas hermanas compartíamos nuestra preocupación por ciertas corrientes que percibíamos como un alejamiento de la doctrina católica tradicional. Nos inquietaba la pérdida del sentido de lo sagrado, la relativización de verdades fundamentales de la fe y la presencia de ideas que considerábamos incompatibles con el catolicismo. Hablábamos entre nosotras, estudiábamos y buscábamos respuestas, pero sentíamos que las explicaciones que recibíamos no resolvían nuestras dudas.
Ese proceso nos llevó a profundizar en cuestiones doctrinales y a examinar documentos del Concilio Vaticano II y del pontificado de Jorge Mario Bergoglio. Según nuestra comprensión, encontramos enseñanzas que considerábamos incompatibles con la Tradición de la Iglesia. Fue un camino doloroso, marcado por mucha oración, estudio y discernimiento.
Al conocer la postura sedevacantista encontramos respuestas que, desde nuestro punto de vista, explicaban las contradicciones que veníamos percibiendo. También redescubrimos la liturgia tradicional y comprendimos la diferencia que apreciábamos entre la Misa antigua y la celebración posterior a la reforma litúrgica.
Finalmente, convencidas de actuar por fidelidad a nuestra conciencia y a la fe que profesábamos, decidimos separarnos de la Iglesia surgida tras el Concilio Vaticano II y adherirnos a lo que entendemos como la continuidad de la verdadera Iglesia católica.
Desde entonces hemos vivido una etapa de conflictos, procedimientos judiciales, pérdida de nuestros bienes y una intensa presión institucional. Consideramos que estas actuaciones no responden únicamente a cuestiones civiles, sino que están motivadas por nuestra posición religiosa. Nos llama especialmente la atención que algunas acusaciones desaparecieran cuando determinadas hermanas abandonaron nuestra postura, lo que refuerza nuestra convicción de que el origen del conflicto es, en realidad, una cuestión de fe.


