Sor Isabel de la Trinidad

Yo entré al monasterio porque me había enamorado de Jesucristo y quería tener una vida con Él, para Él, una vida en su seguimiento, aprendiendo, compartiendo todo con Él. Y eso me fue llevando poco a poco dentro de la vida de Clarisa, en comunidad. Una vida hermosa, sobre todo de oración, de liturgia, de culto, que me fue llevando también a la vida de trabajo, como pobres, para poder salir adelante.

Aprendí muchísimas cosas, porque entré muy joven, con 18 años, con unas ganas enormes de aprenderlo todo, en todos los ámbitos, y se me ofreció esa posibilidad desde la misma comunidad en la que entré.

Entonces, ese ha sido mi camino, ese es el marco de mi recorrido.
Ha habido muchas etapas, ha habido muchos momentos en que me he parado a pensar y a reflexionar si yo estaba en el lugar adecuado, si quería seguir dentro de la vida contemplativa de Hijas de Santa Clara, si era mi lugar, si estaría mejor en otro sitio.

Por supuesto, me lo he planteado muchas veces, como creo que es normal, en un crecimiento, pero siempre he vuelto a reconocer mi comienzo, mi punto de partida, y he visto que siempre se me abría un camino delante de mi y que podía seguir caminando por él. Nunca ha sido un muro, una imposibilidad, sino he ido de crecimiento en crecimiento, de luz en luz, y también con un gran sufrimiento, muchas veces incertidumbres, dolores, cansancios, trabajos, como tiene toda vida, y una gran luz, porque al lado de Cristo y de la Virgen y en el descubrimiento de la Santísima Trinidad, hay una luz inmensa que lo llena todo, que hace posible la vida abundantemente.

Y esa ha sido mi vida: un Cristo que se me revela en el interior, como dice San Pablo, “que el Padre quiso revelar a su Hijo dentro de Él”. Yo siempre me he identificado mucho con esta expresión de San Pablo, el Padre se dignó revelar a su Hijo en mí, dice. Y yo tengo esa experiencia, una revelación interna de Jesucristo. Interiormente, Él me dijo quién era y quién era yo para Él. Me sentí profundamente amada, elegida, y yo he ido aprendiendo a amarle y amarle a Él es amar a todos.

Entonces, desde que ingrese al convento yo he seguido caminando, ¡tanto como que he caminado 42 años! Ya cuando estaba caminando hacia los 35 años de vida religiosa, pues sí que es verdad que arreció mucho por dentro y por fuera.

Pero sobre todo la experiencia esta que estoy viviendo, de que realmente voy comprendiendo que me han tomado el pelo, que los que dicen ser una cosa son otra, que no hay legitimidad en la autoridad en Roma ni en los obispos, y por lo tanto todo lo que ha emanado desde el concilio y el magisterio actual, bueno, pues la verdad es que ha sido como una pesadilla.

Se resquebraja el suelo debajo de tus pies… Pero por las grietas entra mucha luz, una luz tan fuerte que te obliga a seguirla, a pegarte a ella. Desde entonces, lejos de romper con mi proposito inicial, este se ha visto iluminado y fortalecido: JESUCRISTO ES EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.